lunes, 14 de abril de 2008

La Educación en APARECIDA

V CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE
Aparecida - Brasil

La reunión de nuestros obispos en la ciudad de Aparecida nos ha traido una inmensa alegría pues el camino de nuestra Iglesia Latinoamericana en las últimas decadas ha sido reinvidicado. No hay fe cristiana sin justicia ni justicia cristiana sin fe. Ambas tienen que ir de la mano para que cobren su significado justo. Así lo ha afirmado con sencillez y contundencia en Aparecida (Brasil) su santidad Benedicto XVI. El tema de la lucha contra la pobreza está entre nuestras prioridades como Iglesia. Nuestros esfuerzos educativos, pastorales y evangelizadores se encaminan hacia esa meta. Educar es vencer la pobreza. Promover el trabajo digno es ir contra ella. Formar personas comprometidas con el cambio social, comprometidas con nuestro pueblo es evangelizar. La mejor forma de vivir hoy la resurrección de Cristo en nuestras vidas es vivir comprometidos, convencidos de que Jesús es la Buena Noticia. La educación es un espacio privilegiado para anunciar el evangelio y es así como lo han visto nuestros obispos en el último CELAM.
A continuación les presentamos algunos puntos extraídos del documento final de la Conferencia Episcopal que directamente hablan de la Educación. Si quisieran el Documento completo lo pueden tener en la siguiente dirección. http://www.celam.info/


6.4.6 La Educación Católica
1. América Latina y El Caribe viven una particular y delicada emergencia educativa. En efecto, las nuevas reformas educacionales de nuestro continente, impulsadas justamente para adaptarse a las nuevas exigencias que se van creando con el cambio global, aparecen centradas prevalentemente en la adquisición de conocimientos y habilidades, ya que conciben la educación en función de la producción, la competitividad y el mercado. Con frecuencia no despliegan los mejores valores de los jóvenes ni su espíritu religioso; …
6.4.6.1 Los centros educativos católicos
2. La misión primaria de la Iglesia es anunciar el Evangelio de manera tal que garantice la relación entre fe y vida tanto en la persona individual como en el contexto socio-cultural en que las personas viven, actúan y se relacionan entre sí. Así procura “transformar mediante la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad que están en contraste con la Palabra de Dios y el designio de salvación”
[1].

3. Cuando hablamos de una educación cristiana, por tanto, entendemos que el maestro educa hacia un proyecto de ser humano en el que habite Jesucristo con el poder transformador de su vida nueva. Hay muchos aspectos en los que se educa y de los que consta el proyecto educativo, pero siempre desde el modelo y la enseñanza de Jesús de Nazaret.
4. La Escuela católica está llamada a una profunda renovación. Debemos rescatar la identidad católica de nuestros centros educativos por medio de un impulso misionero valiente y audaz, de modo que llegue a ser una opción profética plasmada en una pastoral de la educación participativa. Dichos proyectos deben promover la formación integral de la persona teniendo su fundamento en Cristo, con identidad eclesial y cultural, y con excelencia académica. Además han de generar solidaridad y caridad con los más pobres. El acompañamiento de los procesos educativos, la participación en ellos de los padres de familia, y la formación de docentes, son tareas prioritarias de la pastoral educativa.
5. Se propone que la educación en la fe en las instituciones católicas sea integral y transversal en todo el currículum, teniendo en cuenta el proceso de formación para vivir como discípulos y misioneros de Jesucristo, e insertando en ella verdaderos procesos de iniciación cristiana. Asimismo se recomienda que la comunidad educativa, (directivos, maestros, personal administrativo, personal de mantenimiento, alumnos, padres de familia, etc.) en cuanto auténtica comunidad eclesial y centro de evangelización, asuma su rol de formadora de discípulos y misioneros en todos sus estamentos. También que desde allí, en comunión con la comunidad cristiana del sector que es su matriz, promueva un servicio pastoral en el sector en que se inserta, especialmente de los jóvenes, la familia, la catequesis y promoción humana de los más pobres. Estos objetivos son esenciales en los procesos de admisión de alumnos, sus familias y la contratación de los docentes.
[1] EN 19

martes, 1 de abril de 2008

Jesús ha resucitado... y nosotros también.

(Extraido y adaptado de Teología Popular del P. José María Castillo)
La gente suele decir, y con razón, que en este mundo todo tiene remedio menos la muerte. Porque de sobra sabemos que quien muere, ya no vuelve. Por eso, el paso de los años, las enfermedades y la vejez son cosas que nos resultan profundamente desagradables y que nos entristecen, hasta el punto de que ni siquiera queremos pensar en eso. Y es que, a fin de cuentas, lo único que sabemos con certeza es que lo que nos espera al final es la muerte. Y ante eso no hay escapatoria que valga. Pero, ¿y Jesús? ¿Se puede decir también de Él que se murió y con la muerte se acabó todo para él? ¿Se puede decir, por consiguiente, que a Jesús le pasó lo que nos pasa a todos los mortales cuando nos llega la última hora? Por lo tanto, ¿está vivo o está muerto? Y si es que de Jesús se puede decir que está vivo, ¿qué tiene que ver eso con nuestra propia muerte? ¿Significa eso algo importante para nosotros los que creemos en él?


LUCAS 24, 1‑7
"El primer día de la semana (o sea el domingo), de madrugada, fueron (unas mujeres de la comunidad) a la sepultura (donde había enterrado a Jesús) llevando los perfumes que habían preparado. Encontraron la losa del sepulcro levantada, entraron y no encontraron el cuerpo del Señor Jesús. Ellas no sabían que pensar de aquello, cuando se les presentaron dos hombres con unos vestidos brillantes. Ellas estaban muy asustadas y miraban al suelo. Y entonces los hombres les dijeron: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Acordaos de lo que él mismo os dijo, cuando estabais todavía en Galilea: Este Hombre tiene que ser entregado a manos de gente mala y lo van a matar en la cruz, pero a los tres días va a resucitar."
Lo más importante que se dice en el evangelio es que Jesús, el mismo que había sido torturado y ejecutado hasta morir en la cruz, no está ya entre los muertos, sino que por el contrario esté vivo, porque ha resucitado.
Esta afirmación asombrosa, según la cual el mismo hombre que había muerto está vivo, no se dice sólo una vez en los evangelios, pues sabemos que la comunidad de discípulos vio a Jesús, resucitado y vivo, repetidas veces; y sabemos también que hablaron y comieron juntos, porque Jesús tenía interés en demostrar que él no era un fantasma o una visión, sino el mismo hombre que había vivido con la comunidad durante más de dos años (Mt 28, 9‑10; Lc 24, 13‑15. 36‑50; Jn 20, 11‑18; 19‑23; 24‑49; Jn 21, 1‑23; Mt 28, 16‑20; 1Cor 15, 5-8).
Pero lo más importante, en todo este asunto, no es ya solamente el hecho en sí, es decir el hecho de que Jesús está vivo, sino sobre todo lo que esto significa para nosotros los cristianos. Ahora bien, para comprender lo que eso nos quiere decir a nosotros, hay que tener en cuenta, ante todo, que una cosa es revivir y otra cosa es resucitar.
Jesús no revivió, sino que resucitó. Revivir es volver a la vida que se tenía antes de la muerte: por lo tanto, el que revive vuelve a ser un hombre mortal, porque vuelve a estar en este mundo como uno de tantos. Por el contrario, resucitar es vencer definitivamente la muerte y, por consiguiente, escapar ya para siempre a la muerte. Jesús resucitó. Y eso significó que triunfó completamente sobre el mal y sobre toda posible amenaza contra la vida definitiva que él posee desde entonces.
Por lo tanto, cuando los cristianos decimos que Jesús resucitó, en realidad lo que estamos diciendo es que Jesús triunfó definitivamente, completamente, sobre todo lo malo y peligroso que hay en esta vida. Y eso quiere decir que Dios le dio la razón a Jesús y que, por consiguiente, se la quitó a todos los que no estaban de acuerdo con Jesús. Por eso, cuando los cristianos hablamos de la resurrección de Jesús, en realidad no hablamos solamente del triunfo de Jesús, sino además también del triunfo de la causa de Jesús: lo que Jesús predicó con sus palabras y con su ejemplo, eso es lo que Dios quiere, con eso es con lo que Dios está de acuerdo; y por eso, Dios está en desacuerdo con todo el que no se ajusta a lo que Jesús dijo y a lo que Jesús hizo.
Por todo esto se comprende una cosa que les pasaba a los primeros cristianos y que es muy importante: cuando ellos predicaban la resurrección y le decían a la gente que Jesús está vivo, las autoridades y los dirigentes se ponían muy nerviosos, perseguían a los cristianos, los metían en la cárcel y querían matarlos. Eso quiere decir que en aquel tiempo era peligroso hablar de la resurrección de Jesús, y el que hablaba de eso se metía en un lío. Ahora, sin embargo, no pasa eso. Y así resulta que si uno dice que Jesús ha resucitado, eso no es ningún problema, ni por eso meten ahora en la cárcel a los sacerdotes o a los cristianos. ¿Por qué? Sencillamente porque en tiempo de los primeros cristianos se predicaba la resurrección de Jesús de una manera provocativa; por ejemplo un día san Pedro dijo lo siguiente: "Han rechazado al santo, al justo, y han pedido la libertad para un asesino; han matado al autor de la vida, pero Dios lo resucitó, y nosotros somos testigos" (Hechos 3, 14‑15). O sea, san Pedro dijo en aquella ocasión que Dios le había dado la razón a Jesús y se le había quitado a todos los que no están de acuerdo con Jesús. Si ahora un obispo o un cura se pone a decir lo mismo que decía san Pedro, ¡menudo lío se arma!, porque entonces habría que decir que Dios está en contra de los que matan la vida, y en contra de los que no están dispuestos a que el evangelio sea lo que se impone en la vida. Por otra parte, todo esto quiere decir que cuando se predica la resurrección de Jesús y eso no trae complicaciones o persecuciones, hay que preguntarse si lo que se predica es la resurrección o es otra cosa.
Pero cuando los cristianos decimos que Jesús está vivo, en realidad decimos otra cosa más importante: si Jesús ha triunfado sobre la muerte, también nosotros los cristianos tenemos resuelto el problema de la muerte. Porque el destino de Jesús es también nuestro destino. Y por eso si Jesús ha vencido a la muerte, nosotros también la hemos vencido. Y eso quiere decir que la muerte ya no nos debe dar miedo, porque es simplemente un paso, cuestión de un instante, y enseguida tenemos la vida que no se acaba. Por eso, el apóstol Pablo ha dicho lo siguiente: "Si de Cristo se predica que resucitó de la muerte, ¿cómo dicen algunos que los muertos no resu­citan? Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado; y si Cristo no ha re­sucitado, entonces lo que predicamos no tiene sentido (1Cor 15, 12‑14).
Un día le dijo Jesús a la gente: "Quien ha­ga caso de mi mensaje no sabrá nunca lo que es morir" (Jn 8, 51). O sea, que el que cree en Jesús y le hace caso, es decir el que vive de acuerdo con lo que enseñó Jesús, no se muere ni se entera de lo que es la muerte. Así, tal como suena.
Pero, ¿cómo?, ¿es eso cierto? Sí, efectivamente, así ese. En realidad eso que llamamos la muerte, para un creyente es un paso: el paso de esta vida que se acaba a la vida sin fin, sin límites. Y entonces, lo que se mete en la caja y está en el cemente­rio es el último despojo de nuestra persona; eso ya no es la persona muerta, por­que la persona está viva, como decimos que Jesús está vivo.
Por eso los cristianos tenemos esperanza. Y por eso sabemos que esta vida no es un disparate ni un absurdo. Porque tenemos la seguridad de que no estamos condenados al fracaso.
En resumen, lo más importante que sabemos y creemos los cristianos es que Jesús está vivo, y eso es, a la vez, una amenaza y un triunfo. Es una amenaza porque decir que Jesús está vivo es ponerse de parte de Jesús, a favor de todo lo que defendió Jesús y en contra de todo lo que atacó y rechazó Jesús; pero eso es un asunto peligroso. Y es un triunfo, porque si Jesús está vivo, nuestra vida tiene futuro y la muerte ya no nos asusta.
Lo malo, en todo este asunto es cuando uno sólo piensa en el triunfo y no quiere saber nada de la amenaza. Eso es lo que hacen muchos cristianos. Y por eso para ellos la resurrección no les trae problemas. Pero entonces ¿se puede decir que quienes se portan así, creen de verdad en la resurrección? Esta es la pregunta más importante que se nos plantea a todos los cristianos.

lunes, 31 de marzo de 2008

Empezando juntos la aventura de seguir a Jesús

(Reflexiones a partir del Retiro anual en Lurín y al comenzar esta aventura. Renzo)
No sentíamos arder nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino? (Lc 24,32)
La lectura del texto de los caminantes de Emaús (Lc 24, 13-35) ha servido para motivar el inicio de esta gran aventura. Al igual que los discípulos queremos que el camino sea la escuela en la que el mismo Jesús Resucitado nos enseñe a ser felices, nos muestre la tarea, la misión y objetivos a cumplir. El camino se convierte en la imagen ejemplar del seguimiento. El verbo "seguir” (ákolouzein) aparece 90 veces en el Nuevo Testamento, de ellas 79 en los evangelios. Pues bien, de esas 79 veces, en 73 casos el verbo tiene una relación directa a Jesús. Es decir cuando los evangelios hablan del seguimiento, se refieren a Jesús mismo y a Jesús solamente. En los evangelios no se habla de seguir una ideología, unos principios teóricos, unas verdades, unas normas, ni siquiera un determinado proyecto.
Por lo tanto, el seguimiento no consiste en un convencimiento doctrinal o en un propósito firme de la voluntad, sino que consiste fundamentalmente en una experiencia concreta: la del encuentro personal con Jesús. No se trata sólo de estar persuadidos de quién es Jesús ni de tener el firme propósito de seguir el Evangelio y las enseñanzas de Jesús. De lo que se trata esencialmente es de sentirse atraído y hasta arrastrado por la experiencia personal de Jesús, que esa atracción sea lo que determina nuestras opciones y nuestros rechazos, lo que hacemos y los que dejamos de hacer.
Al fin de cuentas, se trata de la experiencia esencial de la vida, de la experiencia del encuentro, no con “algo” sino con “Alguien”. Esto es lo importante: convencerse de que Jesús no es una idea o un proyecto, sino una persona viviente, con la que yo me puedo relacionar hoy, aquí y ahora. De esta manera, mi relación con Jesús esta abierta a cualquier posibilidad, a cualquier destino, a cualquier proyecto, pero siempre en camino. Cuando el ser humano se siente arrastrado por Jesús, de tal manera que eso le puede llevar a cualquier sitio, he ahí el centro mismo de lo que es el seguimiento. “Caminante no hay camino se hace camino al andar…”
Pongámonos en marcha.