martes, 1 de abril de 2008

Jesús ha resucitado... y nosotros también.

(Extraido y adaptado de Teología Popular del P. José María Castillo)
La gente suele decir, y con razón, que en este mundo todo tiene remedio menos la muerte. Porque de sobra sabemos que quien muere, ya no vuelve. Por eso, el paso de los años, las enfermedades y la vejez son cosas que nos resultan profundamente desagradables y que nos entristecen, hasta el punto de que ni siquiera queremos pensar en eso. Y es que, a fin de cuentas, lo único que sabemos con certeza es que lo que nos espera al final es la muerte. Y ante eso no hay escapatoria que valga. Pero, ¿y Jesús? ¿Se puede decir también de Él que se murió y con la muerte se acabó todo para él? ¿Se puede decir, por consiguiente, que a Jesús le pasó lo que nos pasa a todos los mortales cuando nos llega la última hora? Por lo tanto, ¿está vivo o está muerto? Y si es que de Jesús se puede decir que está vivo, ¿qué tiene que ver eso con nuestra propia muerte? ¿Significa eso algo importante para nosotros los que creemos en él?


LUCAS 24, 1‑7
"El primer día de la semana (o sea el domingo), de madrugada, fueron (unas mujeres de la comunidad) a la sepultura (donde había enterrado a Jesús) llevando los perfumes que habían preparado. Encontraron la losa del sepulcro levantada, entraron y no encontraron el cuerpo del Señor Jesús. Ellas no sabían que pensar de aquello, cuando se les presentaron dos hombres con unos vestidos brillantes. Ellas estaban muy asustadas y miraban al suelo. Y entonces los hombres les dijeron: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Acordaos de lo que él mismo os dijo, cuando estabais todavía en Galilea: Este Hombre tiene que ser entregado a manos de gente mala y lo van a matar en la cruz, pero a los tres días va a resucitar."
Lo más importante que se dice en el evangelio es que Jesús, el mismo que había sido torturado y ejecutado hasta morir en la cruz, no está ya entre los muertos, sino que por el contrario esté vivo, porque ha resucitado.
Esta afirmación asombrosa, según la cual el mismo hombre que había muerto está vivo, no se dice sólo una vez en los evangelios, pues sabemos que la comunidad de discípulos vio a Jesús, resucitado y vivo, repetidas veces; y sabemos también que hablaron y comieron juntos, porque Jesús tenía interés en demostrar que él no era un fantasma o una visión, sino el mismo hombre que había vivido con la comunidad durante más de dos años (Mt 28, 9‑10; Lc 24, 13‑15. 36‑50; Jn 20, 11‑18; 19‑23; 24‑49; Jn 21, 1‑23; Mt 28, 16‑20; 1Cor 15, 5-8).
Pero lo más importante, en todo este asunto, no es ya solamente el hecho en sí, es decir el hecho de que Jesús está vivo, sino sobre todo lo que esto significa para nosotros los cristianos. Ahora bien, para comprender lo que eso nos quiere decir a nosotros, hay que tener en cuenta, ante todo, que una cosa es revivir y otra cosa es resucitar.
Jesús no revivió, sino que resucitó. Revivir es volver a la vida que se tenía antes de la muerte: por lo tanto, el que revive vuelve a ser un hombre mortal, porque vuelve a estar en este mundo como uno de tantos. Por el contrario, resucitar es vencer definitivamente la muerte y, por consiguiente, escapar ya para siempre a la muerte. Jesús resucitó. Y eso significó que triunfó completamente sobre el mal y sobre toda posible amenaza contra la vida definitiva que él posee desde entonces.
Por lo tanto, cuando los cristianos decimos que Jesús resucitó, en realidad lo que estamos diciendo es que Jesús triunfó definitivamente, completamente, sobre todo lo malo y peligroso que hay en esta vida. Y eso quiere decir que Dios le dio la razón a Jesús y que, por consiguiente, se la quitó a todos los que no estaban de acuerdo con Jesús. Por eso, cuando los cristianos hablamos de la resurrección de Jesús, en realidad no hablamos solamente del triunfo de Jesús, sino además también del triunfo de la causa de Jesús: lo que Jesús predicó con sus palabras y con su ejemplo, eso es lo que Dios quiere, con eso es con lo que Dios está de acuerdo; y por eso, Dios está en desacuerdo con todo el que no se ajusta a lo que Jesús dijo y a lo que Jesús hizo.
Por todo esto se comprende una cosa que les pasaba a los primeros cristianos y que es muy importante: cuando ellos predicaban la resurrección y le decían a la gente que Jesús está vivo, las autoridades y los dirigentes se ponían muy nerviosos, perseguían a los cristianos, los metían en la cárcel y querían matarlos. Eso quiere decir que en aquel tiempo era peligroso hablar de la resurrección de Jesús, y el que hablaba de eso se metía en un lío. Ahora, sin embargo, no pasa eso. Y así resulta que si uno dice que Jesús ha resucitado, eso no es ningún problema, ni por eso meten ahora en la cárcel a los sacerdotes o a los cristianos. ¿Por qué? Sencillamente porque en tiempo de los primeros cristianos se predicaba la resurrección de Jesús de una manera provocativa; por ejemplo un día san Pedro dijo lo siguiente: "Han rechazado al santo, al justo, y han pedido la libertad para un asesino; han matado al autor de la vida, pero Dios lo resucitó, y nosotros somos testigos" (Hechos 3, 14‑15). O sea, san Pedro dijo en aquella ocasión que Dios le había dado la razón a Jesús y se le había quitado a todos los que no están de acuerdo con Jesús. Si ahora un obispo o un cura se pone a decir lo mismo que decía san Pedro, ¡menudo lío se arma!, porque entonces habría que decir que Dios está en contra de los que matan la vida, y en contra de los que no están dispuestos a que el evangelio sea lo que se impone en la vida. Por otra parte, todo esto quiere decir que cuando se predica la resurrección de Jesús y eso no trae complicaciones o persecuciones, hay que preguntarse si lo que se predica es la resurrección o es otra cosa.
Pero cuando los cristianos decimos que Jesús está vivo, en realidad decimos otra cosa más importante: si Jesús ha triunfado sobre la muerte, también nosotros los cristianos tenemos resuelto el problema de la muerte. Porque el destino de Jesús es también nuestro destino. Y por eso si Jesús ha vencido a la muerte, nosotros también la hemos vencido. Y eso quiere decir que la muerte ya no nos debe dar miedo, porque es simplemente un paso, cuestión de un instante, y enseguida tenemos la vida que no se acaba. Por eso, el apóstol Pablo ha dicho lo siguiente: "Si de Cristo se predica que resucitó de la muerte, ¿cómo dicen algunos que los muertos no resu­citan? Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado; y si Cristo no ha re­sucitado, entonces lo que predicamos no tiene sentido (1Cor 15, 12‑14).
Un día le dijo Jesús a la gente: "Quien ha­ga caso de mi mensaje no sabrá nunca lo que es morir" (Jn 8, 51). O sea, que el que cree en Jesús y le hace caso, es decir el que vive de acuerdo con lo que enseñó Jesús, no se muere ni se entera de lo que es la muerte. Así, tal como suena.
Pero, ¿cómo?, ¿es eso cierto? Sí, efectivamente, así ese. En realidad eso que llamamos la muerte, para un creyente es un paso: el paso de esta vida que se acaba a la vida sin fin, sin límites. Y entonces, lo que se mete en la caja y está en el cemente­rio es el último despojo de nuestra persona; eso ya no es la persona muerta, por­que la persona está viva, como decimos que Jesús está vivo.
Por eso los cristianos tenemos esperanza. Y por eso sabemos que esta vida no es un disparate ni un absurdo. Porque tenemos la seguridad de que no estamos condenados al fracaso.
En resumen, lo más importante que sabemos y creemos los cristianos es que Jesús está vivo, y eso es, a la vez, una amenaza y un triunfo. Es una amenaza porque decir que Jesús está vivo es ponerse de parte de Jesús, a favor de todo lo que defendió Jesús y en contra de todo lo que atacó y rechazó Jesús; pero eso es un asunto peligroso. Y es un triunfo, porque si Jesús está vivo, nuestra vida tiene futuro y la muerte ya no nos asusta.
Lo malo, en todo este asunto es cuando uno sólo piensa en el triunfo y no quiere saber nada de la amenaza. Eso es lo que hacen muchos cristianos. Y por eso para ellos la resurrección no les trae problemas. Pero entonces ¿se puede decir que quienes se portan así, creen de verdad en la resurrección? Esta es la pregunta más importante que se nos plantea a todos los cristianos.

No hay comentarios.: